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Cuando pienso en el Padre Emiliano Tardif, parangonando un poco la Palabra de Dios con su vida, da la impresión de que, para él, realmente, la cosa empezó en Pimentel.

También le tocó pasar por el desierto con la terrible prueba de la enfermedad de tuberculosis pulmonar doble, de la cual salió victorioso porque Dios así lo quiso. Su sanación fue milagrosa luego de que cinco seglares oraron por él en el hospital de Canadá, donde había sido internado.

De regreso al país, un año después, fue enviado por un año como párroco a Nagua, ciudad al norte de la República Dominicana, donde comenzó a formar grupos de oración parroquiales y a orar por los enfermos.

En su libro "Jesús Está Vivo", el mismo Padre Tardif nos cuenta que se encontraba muy feliz en Nagua, trabajando en los grupos de oración, "mas el Espíritu Santo me tenía preparada una gran sorpresa. Es verdad que los caminos de Dios son diferentes a los nuestros, pero incomparablemente mejores de lo que podemos pedir o pensar" (Efesios 3,20).

Sucedió que su Provincial le pidió que se trasladara a la ciudad de Pimentel, al norte de la República, para sustituir por unos meses a un compañero que se iba de vacaciones en la Parroquia San Juan Bautista.

Pimentel es una ciudad pequeña, de casitas de madera y pocas calles. Un lugar donde la agricultura es el principal medio de vida de la población. Nadie podía imaginarse lo que sucedería cinco semanas después de la llegada del Padre Tardif y que haría que todos los ojos del país se fijaran en este lugar remoto.

El primer domingo que estuvo en la Parroquia, invitó a las personas que asistieron a la Eucaristía a una conferencia que daría el miércoles siguiente con el tema de la "Renovación Carismática". A esta invitación respondieron unas doscientas personas, quienes escucharon su testimonio de cómo, un año antes, el Señor lo había sanado de tuberculosis pulmonar.

Comienzan las sanaciones

La Palabra de Dios, proclamada con el poder del Espíritu, empezó a dar su fruto en los que escuchaban edificándoles la fe y el Señor quiso, tal como lo había prometido (Marcos 15,15-20), acompañar con señales la Palabra proclamada.

Habían llevado a un tullido en una camilla que desde hacía cinco años no caminaba por una lesión en la columna vertebral. El Padre Tardif oró por el hombre quien, sudando copiosamente y temblando, se levantó con mucho esfuerzo y empezó a dar pasitos lentos. ¡El Señor le había sanado! Todos irrumpieron en alabanza a Dios en medio de las lágrimas de emoción ante la maravilla que estaban presenciando. Aquel día recibieron sanación diez personas más y la noticia corrió como pólvora.




A la siguiente reunión llegaron más de tres mil personas. Unas atraídas por la sed de Dios, otros llevando a sus familiares enfermos o con la carga de sus propios sufri¬mientos. Muchos otros asistieron atraídos por la curiosidad de lo que le habían contado. Cuando el" Padre Tardif vio llegar a la multitud, fue el primer sorpren¬dido. Rápidamente y con mucho discernimiento, tuvo que cambiar el plan. En vez de una asamblea de oración, dio una conferencia y luego celebró la Eucaristía por los enfermos. Como no cabían aden¬tro de la Iglesia, tuvo que celebrar en la calle, donde se colocó el altar y los micrófonos.

Fue ese día que el Señor sanó a una señora ciega, quien durante la oración empezó a ver un poco y al otro día ya veía bien. Este hecho impactó a la población y los pue¬blos aledaños, haciendo que una vez más la Buena Noticia corriera por todas partes a través de los testigos que, de persona a persona, contaban las maravillas que Dios estaba haciendo en Pimentel.

"Imagínense lo que sucedió la tercera semana, -narra el Padre Emiliano en su libro "Jesús Está Vivo"-. Nos fuimos al parque, al aire libre para celebrar la Gloria del Señor. Era como cuando Jesús llegaba a Cafarnaún o Betsaida. El parque parecía la piscina de Betsaida llena de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, esperando su curación. (Juan 5,1-2).

En ese misterio del amor de Dios, Pimentel era escogido como un lugar de manifestación de su mi-sericordia, donde más de siete mil personas ese miércoles pudieron escuchar un mensaje de consuelo y de esperanza al proclamárseles a un Jesús vivo y presente en su Iglesia, que sigue siendo el mismo de ayer, hoy y siempre.

Como dato curioso, sucedió que la policía del pueblo estaba molesta porque tenía mucho trabajo al tener que estar de servicio en horas que no estaba supuesta a estarlo, debido al inmenso tráfico de autos y de personas que asistían a las reuniones. Fueron a quejarse al jefe de la policía de la región de San Francisco a fin de que interviniera y prohibiera la celebración de esas reuniones. Pero Dios, como dice la Palabra, se antecede en su amor, ya El lo había preparado todo sanando en la semana anterior a la esposa del jefe de la Policía que tenía doce años enferma. Y ¿cómo podía él parar esas reuniones, si ellos mismos como familia habían sido bendecidos y estaban profundamente tocados por el Señor? La respuesta generosa del jefe de la Policía fue, en cambio, enviar una dotación de dieciocho policías extras que fueran a servir y a ayudar en la próxima reunión.

Una gran fiesta

Y así llegó el miércoles, 9 de junio. Era el aniversario del regreso del Padre Tardif a la República Dominicana después de haber sido sanado. El no lo sabía, pero el Señor estaba preparando una gran fiesta en Pimentel.

Desde la mañana empezaron a llegar autobuses, camiones y camionetas atestados de gente que ya no venían sólo del pueblo, los campos y ciudades aledañas, sino de todo el país. Los testimonios se habían hecho eco de lo que estaba sucediendo y alguno que otro periódico empezaba a escribir reportajes de lo que estaba sucediendo. Muchos se preguntaban ¿qué será todo esto? ¿Será cierto, será mentira?

Lo que sí fue cierto es que esa tarde la multitud se calculó en veinte mil personas que asistieron a la oración y a la Eucaristía por los enfermos. Esta vez el Padre Tardif tuvo que subir al techo de  la parroquia y ahí colocar el altar  y las bocinas, y desde arriba, tuvo la oportunidad de proclamar una vez más la Buena Nueva de la   Salvación.


El Señor pasó entre la multitud: con su infinito amor y misericordia. Muchos dieron testimonio, y se calcularon en cerca de cien las curaciones de esa noche. No nos dábamos Cuenta, pero Jesús estaba i renovando su pastoral entre nosotros, sanando a los enfermos y atrayendo las multitudes para así: evangelizarlas.

"Evangelicen a mi pueblo"-le había dicho el Señor al Padre Emiliano a través de una palabra  profética-. Ahora le daba la oportunidad de hacerlo reuniendo a la i multitud. Fue algo que se repitió i a través de toda su vida, dándole I por el ministerio de sanación ese carisma extraordinario de convocatoria de las multitudes en todo el mundo.

En la quinta reunión se calcu¬laron más de cuarenta y dos mil personas, esta vez no sólo del país,  sino también de Puerto Rico y Haití, ya que las noticias empezaron a i traspasar las fronteras de la Repú¬blica Dominicana.

Él pueblo fue materialmente: abarrotado de gente, en las calles, techos, árboles, donde quiera la  gente estaba presente para oír el mensaje. Muchos estaban tan alejados que apenas podían oír lo que se decía. Ellos no escuchaban nada, pero Dios sí los oía a ellos; oía sus necesidades, sus dolores, sus an¬gustias. Y una vez más, Jesús pasó entre la multitud haciendo el bien, i Pimentel fue testigo de Jesús, quien: con su amor sanó enfermedades, | heridas del corazón, levantó los caídos y llenó de una nueva esperanza i a muchos que estaban tristes. La i Buena Noticia de la Salvación fue proclamada, y la Palabra no volvió  al cielo sin haber dejado sus frutos. (Isaías 55,10-11).

Muchas críticas se suscitaron contra el Padre Emiliano; fotografías en la prensa, artículos de ataque, diferentes opiniones en programas televisivos. Lo tildaron de brujo, charlatán, curandero, embaucador, embustero y muchas cosas más. Estaba viviendo en carne propia la alegría que nos viene por la persecución, por tratar de vivir nuestra vocación cristiana.

Texto adaptado del libro "Un hombre de Dios" de María Sangiovanni.

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P. Emiliano Tardif

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Testimonio P. Emiliano