Don de curación - Una experiencia personal

amenseEmiliano Tardif, M.S.C.
CONCILUM, Revista internacional de teología, publicaba en el No. 99 de noviembre 1974, pág. 354 de la edición española, un artículo del Padre G. Combert, S.J. titulado el Don de Curación, en el cual el autor afirmaba lo siguiente:

El don de curación nos inter¬pela en el centro mismo de nuestra existencia cristiana, allí donde se articulan juntas la conti¬nuidad de nuestra esperanza y la rup¬tura instauradora de nuestra fe.

En el ambiente cultural y religioso que conocemos, vivimos y respiramos, parece inadecuado hablar de don de curación. Nuestro espíritu racionalista, nuestras reacciones psicológicas, ciertas interpretaciones de la Escritura..., todo esto nos impulsa a prescindir o a desconfiar de todo lo que el don de curación puede llevar consigo: fideísmo, fundamentalismo, sentimentalismo religioso, atractivo a veces morboso por lo extraordinario.

Este movimiento de retroceso puede ser igualmente para nosotros un reflejo de sensatez ante el pasado de la Iglesia que no siempre favoreció la distinción entre la fe y la ingenua credulidad que puede engendrar muchos desórdenes espirituales y psicológicos.

Sin embargo, los hechos están ahí.   
No sólo se habla de curación, lo cual es algo digno de atención, sino que  realmente hay curaciones, lo cual es otro hecho: se encuentra gran afinidad  entre los textos evangélicos que hablan de curaciones y los testimonios actuales: la misma actuación espiritual centrada en el perdón de los pecados y la fe, importancia del gesto concreto, la misma confesión de Jesús Salvador, siendo la curación una señal para los que creen y un signo de contradicción para los que no creen.

Sin querer establecer como en Lo-urdes una oficina para constatar las curaciones, es indudable que todavía se de enfermedades psíquicas o físicas se han detenido inmediata o progresivamente por el ejercicio de este carisma. Las curaciones psíquicas son las más corrientes, pero hay muchos casos de enfermedades físicas consideradas incurables, en las que única-mente podemos constatar que, por el  > momento, y con la ciencias actual, somos incapaces de explicar racional-mente su curación.

En la renovación carismática, encontramos puntos fuertes de toda renovación espiritual verdadera: redescubrimiento de la Palabra, vida de fe, apertura a los pobres, impulso apostólico, sentido de la oración. Por otro lado, hay aspectos que son francamente nuevos y hacen pensar que se trata de una etapa Importante, definitiva según algunos, de la vida de la Iglesia. Entre las cosas antiguas de esta renovación está el redescubrimiento de los carismas, de los dones espirituales. Para comprender lo que sucede hoy día hay que leer las epístolas de Pablo y los Hechos de los Apóstoles: lo que exteriormente parece más nuevo en esta renovación es de hecho lo más antiguo. Entre los diversos dones del Espíritu señala San Pablo el don de curación."


Nuestras Resistencias

No nos resulta fácil ese don. Todo en nosotros se resiste. No estamos disponibles para esa acción de Dios en nosotros.

Tampoco a mí me resultó fácil creer que yo podía ser curado. El 14 de junio de 1973, durante una reunión del M.F.C. en Los Prados, Santo Domingo, donde yo reemplazaba al párroco que había salido de vacaciones a su tierra natal, Canadá, sentí una gran dificultad para respirar normalmente. A las doce de la noche entraba al Centro Médico nacional donde los médicos descubrieron en seguida que yo tenía un ataque de tuberculosis pulmonar muy fuerte. Después de unos quince días de preparación y descanso, pude hacer el viaje a Québec, Canadá, donde me interné en el Hospital Lava I, centro especializado para tuberculosos. Los especialistas del hospital me obligaron primero a un reposo completo durante unos 10 días antes de comenzar un examen completo de mi salud. El análisis de mi saliva, que pusieron en incubación con hongos para tener un resultado científico, dio resultado positivo, lo que quiere decir TUBERCULOSIS. La biopsia que me hicieron en el pulmón izquierdo daba una carne granulada, y según ellos, un resultado positivo también. Por fin, todas las radiografías daban el mismo resultado. Me dijo el médico principal que yo tenía tuberculosis pulmonar avanzada, debida a un exceso de trabajo y a una mala alimentación.

Después me dijeron que tal vez con seis meses de tratamiento en dicho hospital, yo iba a poder regresar a mi casa, y esperaban que tal vez al año iba a poder comenzar a trabajar de nuevo. Tal era el veredicto de los médicos.

Pero el señor tenía otro plan. Después de terminar los médicos sus exámenes completos, recibí en mi habitación del hospital a cinco familiares y amigos de un grupo de oración carismática de Québec. Ellos me dijeron: "Padre, nosotros hemos venido a orar por Ud. para que el Señor lo sane. ¿Cree Ud. que Cristo puede sanarlo?". Claro que sí, les dije. No iba a decirles que no, siendo yo sacerdote que trabajaba en República Dominicana desde hacía diez y siete años. Yo creía que Cristo podía curarme. Pero creer que Cristo te puede sanar, y creer que Cristo te va a sanar son dos cosas muy distintas.

Sin embargo, ellos creían firmemente que Cristo iba a sanarme Una persona en el grupo tenía el carisma de curación. Ellos oraron por mí con mucha fe allí mismo, en mi habitación, y Cristo oyó sus oraciones. A los pocos días, yo estaba perfectamente sano. Dormía, comía y respiraba perfecta-mente. No me sentía más nada. Los médicos comenzaron entonces sus tratamientos, pero para su gran sorpresa, todo salía negativo. Ninguna inyección reaccionaba como debía reaccionar con una persona tuberculosa normal. Se asombraron. Volvieron a comenzar todos sus exámenes, y todo salió esta vez negativo.
Desamparados, se reunieron siete especialistas del hospital el 29 de agosto para hacerme una entrevista a manera de investigación sobre mi salud en los años pasados. Y por fin el médico principal del grupo me dijo: "Padre, vuelva a su casa, Ud. está muy bien. Pero esto va en contra de todas nuestras teorías médicas".


Salí del hospital el 29 de agosto, perfectamente bien. El 15 de septiembre comencé a trabajar y no he vuelto a sentir ningún malestar de dicha enfermedad.

Un año de reflexión
Al darme cuenta de mi perfecta curación sin ninguna medicina, sin inyecciones ni pastillas, me interesé mucho en saber qué era eso del don de curación. Le escribí a mi superior en Santo Domingo, pidiéndole que me dejara el año que yo debía normalmente pasar en el hospital, para pasarlo en Canadá y en Estado Unidos estudiando la Re-novación Carismática.

Y así sucedió.
Durante ese año, pude participar en Congreso y en reuniones de reflexión y en retiros sobre el tema de la Renovación Carismática. En Estados Unidos, tuve la suerte de estudiar la Re- -novación Carismática allí mismo donde se manifestó por primera vez entre los católicos, en el 1967, en la Universidad Duquesne, en Pittsburg. Después, en la Universidad Notre Dame, donde está actualmente el Centro de Investigación teológica y científica más al día para tratar lo relacionado a esta renovación espiritual.

Un Congreso Carismático

Antes de regresar a Santo Domingo, participé en el Congreso Carismático que se reunió en la Universidad Laval, en Quebec, Canadá. Era el primer Congreso Carismático de habla francesa. Se reunieron allí más de diez mil delegados de los grupos carismáticos venidos de distintos países del mundo. El Congreso fue abierto por el Cardenal Roy, de Quebec, y fue clausurado por el Cardenal Suenens de Bélgica. Participaban en el Congreso muchos obispos y unos quinientos sacerdotes. Como yo había sido sanado durante el año, a mí se me invitó a dar en el Congreso la charla sobre el Carisma de Curación y la Fe. Con mucho gusto comuniqué a la asamblea durante una hora la experiencia que había vivido durante el año en el curso del cual el Señor me había dado ese carisma de curación.

Después de haber sido curado milagrosamente, nuestra fe aumenta realmente, y me sentía impulsado a orar por los enfermos en las reuniones de oración carismática. Y he aquí que en el mes de noviembre, me di cuenta que el Señor me había dado ese carisma que traté de poner al ser-vicio de su pueblo para la gloria de Dios. Cuando un joven periodista me preguntó hace unos días si yo me atrevería a hablar del don de curación delante de un público docto de universitarios, su ingenuidad me hizo reír. En el Congreso Carismático, había más que doctos universitarios…

Después de mi charla de una hora en el Congreso, había media hora para las preguntas. La primera fue hecha por un médico que me dijo: "Padre, yo soy cristiano y creo en los milagros. Pero soy médico y soy de opinión que antes de proclamar un milagro, habría que hacer un estudio científico del caso, con un equipo médicos, para estar bien seguros que hubo milagro" Le contesté: "Como científico, Ud. tiene razón. Hágalo. Pero cuando uno está enfermo como yo estaba, y se da cuenta un buen día que el Señor lo ha sanado por completo en cuestión de horas, no tiene ganas de esperar la opinión de los médicos para dar gloria a Dios". El siguió diciendo: "Sí, pero hay que ser prudentes..." Como si fuera peligroso dar gloria a Dios...


Había en la asamblea una señora inválida desde hacía seis años y me-dio a consecuencia de un accidente de automóvil. Esa señora, Helena Lacroix, según los médicos de Montreal, no iba a poder caminar nunca más. Y en ese preciso momento, impulsada por el poder de Dios, se levantó sola de su silla de ruedas y se puso a caminar. Fue un asombro general en la asamblea. Ella comenzó a caminar primero con excitación, pero se aplomó y avanzó sola hasta la tri-buna donde estaba yo dando la conferencia. Aplaudían muchos, lloraban otros.
Después de entrevistarla delante del público asombrado por esa mara-villa del Señor, le pregunté al médico que me había hecho un poco de oposición: "Doctor, ¿cree Ud. que será mejor esperar la opinión de los médicos antes de decir que esta señora ya está caminando?". El pobre médico se sentía tan incómodo que daba la impresión de una persona que busca irse huyendo. Le dije: "No se apure, doctor. Lo que Ud. dijo como científico está bien. Pero el Señor mismo vino a contestar su preocupación y habló, no con la boca sino con los hechos".

Hoy Helena sigue perfectamente curada. Los médicos de Montreal lo han confirmado después, y ninguno pudo explicar dicha curación... Son las maravillas del amor del Señor que se repiten hoy y nos interpelan fuertemente: "Los cojos andan, los ciegos ven, los sordos oyen... y los pobres son evangelizados".

En Nagua

Regresé a Santo Domingo el 8 de julio de 1974.
Fui destinado a la parroquia de Na-gua. Allí se organizaron muchos gru-pos de oración carismática y las ma-ravillas del Señor se ven en cada gru-po. Ya unos setenta grupos de oración carismática están organizados en la parroquia, y la fe se está renovando a través de la oración. Así pasa en mu-chas parroquias del país donde se están organizando muchos grupos de oración carismática, a partir de Sama-ná, hasta Santiago, en Santo Domin¬go y en el interior del país. En la ora¬ción comunitaria, el Señor viene a manifestar su amor, su poder y su gran bondad. Los carismas, o dones espiri¬tuales especiales del Espíritu Santo, aparecen en todos los grupos que van madurando en la fe. El más grande de los carismas, la caridad, se desarro¬lla maravillosamente en esas peque¬ñas comunidades de fe que se van formando, no sólo aquí, sino en el mundo entero.
Existen grupos de oración carismá¬tica hace ya varios años en Santo Do¬mingo. Lo que pasa es que los perio¬distas no habían tenido tiempo toda¬vía para colarse en dichos grupos. Ya que lo hacen, ojalá el Señor les toque fuertemente con el poder de su Espíritu de Verdad y les dé el carlsma de ser auténticos en su información a la comunidad.

En Pimentel

En junio pasado, mi superior me pidió ir a reemplazar al párroco de Pimentel durante sus vacaciones. Con gusto acepté. Y llegando a Pimentel, comencé a dar orientación a los feligreses sobre la Renovación Cristiana en el Espíritu Santo. Ya a la primera semana, el Señor quiso manifestar su gran amor durante la oración por los enfermos, al terminar la asamblea, y varias personas fueron tocadas por el poder de Dios y sanadas de enfermedades distintas. La voz se regó en el pueblo. Las personas que el Señor ha sanado están allí para dar testimonio de lo que les ha pasado. Cualquiera de ustedes puede darse la molestia de ir a Pimentel o a San Francisco de Macorís a hablar con dichas personas y verán. Podremos darles varias direcciones. Si alguien tiene la culpa de lo que ha pasado, es Cristo, pues es Él quien lo ha hecho todo en la oración llena de fe de una comunidad que cree en el amor del Señor. Échenle la culpa a Cristo, pues es Él quien lo ha hecho todo. Y hemos visto curaciones maravillosas. ¡Qué grande es el Señor!

La segunda semana, eran más de tres mil personas en la oración. No es verdad que podemos engañar tan fácilmente a la gente. Seamos realistas. Piensen en la dificultad que tienen ciertos políticos para organizar sus mítines. Tuvimos que salir de la iglesia y celebrar la misa en la calle. La tercera semana la calle se veía demasiado estrecha para las siete mil personas y tuvimos que irnos al parque público. Allí cantamos la gloria del Señor oramos y celebramos la Eucaristía. Y después de la comunión, durante la oración por los enfermos, el Señor se manifestó con poder y con amor. Fue algo maravilloso. Como si el parque de Pimentel se hubiese transformado en una gran piscina de Siloé. Muchos de los presentes recibieron curación espiritual, y otros curación física. Al cabo de cinco reuniones, tuvimos que suspender nuestra asamblea carismática en el parque, pues ya no cabía la gente. Las autoridades han calculado que había alrededor de cuarenta mil personas. Sólo el Señor puede reunir esa muchedumbre en Pimentel. Hubo curaciones asombrosas en esa gran multitud llena de fe. No todos eran curiosos que iban a ver. Muchos eran verdaderos dominicanos llenos de fe y de amor a Cristo. Da pena ver como ciertas autoridades desprecian esta gran cualidad de su pueblo y en vez de alabar su fe auténtica, que consigue verdaderos milagros, tratan de ridiculizar o de darle una explicación meramente sociológica. Los hechos están allí. Que los verifiquen los que los deseen.

No es un fenómeno dominicano

La Renovación Carismática es un fenómeno mundial. Y el don de curación es uno de los carismas que se están renovando en la Iglesia. No se trata de un fenómeno dominicano, y menos todavía de un fenómeno de un país subdesarrollado, como lo pretendió alguien mal informado. Recuerdo por ejemplo que el 26 de junio del año pasado. En Ottawa, capital del Canadá, tuvimos en el coliseo de la ciudad una reunión grandiosa de oración carismática. Había unas diez y ocho mil personas en la asamblea en la cual se hizo una oración especial por los enfermos. Cristo hizo prodigios de amortan grandes en dicha reunión que muchos escépticos se quedaron aterrados. Allí una señora de Sainte-Catherine, Ontario, fue sanada del ojo derecho que tenía ciego desde su nacimiento. La noticia se publicó en toda la capital. Nadie pensó que la persona que dirigía la asamblea de oración había sanado dicha señora. Pero todos aclamaron al Señor como lo hacía el pueblo de Israel cantando: "Hosanna al Hijo de David".

En pleno siglo XX

El pueblo de Dios estaba sufriendo una gran sequía espiritual, y el Espíritu Santo que es el alma de la Iglesia viene a vivificarnos suscitando en la Iglesia Universal una poderosa corriente de oración.

Este no es un movimiento de curación, sino una renovación de la oración. Y sucede que una de las manifestaciones del Señor en la oración es la curación de los enfermos. En pleno siglo XX, técnico, escéptico, desesperado. Dios viene a hablar a nuestras iglesias que buscan con mucho trabajo los caminos de la oración, de la predicación, del compromiso y de la unidad.

¿Por qué estas curaciones divinas?
¿Por qué la intervención milagrosa de Dios en nuestros días?... ¿Porqué estas curaciones milagrosas?... Es para cumplir la misión mesiánica de Jesucristo. ¿Cuál es el signo que Jesús ha dado para probar que El es verdaderamente el Mesías? Son los signos anunciados ya por el profeta Isaías. Son los mismos signos que Jesús daba a los enviados de Juan el Bautista: "Vayan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan sanos, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia la Buena Nueva a los pobres. Feliz aquel que al encontrarme no se aleje desconcertado". (Mateo 11, 2-6).

Me di cuenta que el Señor me había dado ese carisma que traté de poner al servicio de su pueblo para la gloria de Dios.

La misión mesiánica de Cristo viene a ser autentificada por los signos y las maravillas. Si tenemos aprehensión frente a las maravillas diciéndonos: "Esto es demasiado espectacular, es demasiado extraordinario...", es la evangelizaron la que se ve paralizada por nuestros temores. Jesús, el Mesías Salvador, está actuando en su Iglesia. Y Jesús es el mismo hoy, ayer y para siempre. ¿Por qué entonces tendría El un modo diferente de actuar? El actúa en su Iglesia que es su Cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo. Vean qué dice Jesús en Marcos, XVI: 16, 16ss.

"He aquí las señales que acompañarán a los que creen... En mi nombre... impondrán las manos sobre los enfermos y éstos quedarán curados". Si tomamos la palabra de Dios en se-rio, El nos tomará en serio. Nos hemos sofisticado tanto que hemos perdido esa cualidad de la fe. Ya ha llegado la hora de volver a encontrarla. Y veremos que el mundo de hoy no necesita de un nuevo evangelio, sino de una nueva evangelización. Y Jesús viene a acompañar esta nueva evangelización con las señales que hacen auténtica su misión de Mesías Salvador: "Los cojos andan, los ciegos ven, los sordos oyen... y los pobres son evangelizados.

Texto extraído de la revista Alabanza, NO.134, Año 1999.