El Sacerdote, un misterio de amor.

p.emilianoUltima charla del Padre Emiliano Tardif la noche antes de su muerte

Que mis primeras palabras sean un saludo cariñoso para todos ustedes que nos reciben con tanto amor. Gracias por su cariño.

En esta primera reflexión que vamos a hacer juntos he pensado que sería bueno contemplar al sacerdote. Para los que no lo saben, había un obispo que tenía dificultad para aceptar la Renovación, la toleraba pero no más.

Un día se iba a celebrar afuera la misa de clausura. Había mucha gente. Invité al obispo a celebrar la misa y aceptó. Por lo menos eso lo podía aceptar. Cuando el obispo subió al altar para celebrar la misa no había sonido, nada. El sacristán llegó nervioso, tocó el amplificador, tocó los alambres, no había nada de sonido. Entonces el obispo dijo: "Creo que tenemos un problemita con los micrófonos". Y la multitud contestó: "Y con tu espíritu". La multitud pensó que comenzaba la misa y sin darse cuenta dijo una palabra de sabiduría.


Sigamos con la reflexión sobre nuestra vocación de sacerdotes. Un día, en la capital dominicana, yo iba a celebrar una misa de sanación y no sabía bien dónde estaba situada la Iglesia Santa Luisa de Marillac. Íbamos hacia allá y encontramos una señora mayor que iba caminando. El chofer que me acompañaba y yo nos detuvimos y le preguntamos:

-¿Sabe usted dónde está la Iglesia Santa Luisa de Marillac?

Ella dijo que sí, que para allá iba. Entonces yo le dije:

-Venga con nosotros porque no sabemos dónde se encuentra la iglesia-. Yo le dejé un espacio delante, al lado mío, y en el camino le pregunté: -¿Y qué es lo que hay esta noche en esa iglesia?

Ella contestó: -Allá se reúnen los carismáticos y hay un padre misterioso que ora por los enfermos y anuncia los que se están sanando.

Yo le dije:—¿Y podemos ir nosotros a esa misa?

Ella replicó: -¿Es usted católico?

-Sí -contesté.

-Entonces puede ir- , dijo la señora. -Acompáñenos hasta la iglesia-, le dije.
Seguimos caminando y al llegar a la iglesia le dije:

-usted puede decir a la gente que estuvo con el padre misterioso porque el que va a celebrar esa misa soy yo-, le dije. Ella quedó muy sorprendida.

El sacerdocio: vocación extraordinaria

Su reflexión me hace pensar que muchos nos ven como a hombres misteriosos. Todos los hombres nos miran con curiosidad y quisieran penetrar en el secreto de nuestras vidas, en la intimidad de nuestro ministerio. Pero muchos nos ven como algo muy raro, como a hombres misteriosos. En verdad, si contemplamos la vocación extraordinaria a la que Jesús nos ha llamado podemos decir que sí, que es un gran misterio. El misterio del amor de Dios que se manifiesta en nuestro servicio y en nuestro apostolado. Es el gran misterio del amor de Dios que tanto amó al mundo que envió a su Hijo Único, Jesucristo, no para condenar al mundo sino para salvarlo. Jesús nos ha llamado para continuar su misión en la tierra. Para mucha gente, como para esa buena señora, el sacerdote es un hombre misterioso, investido de pode-res divinos. El tiene la misión de continuar y de completar en la tierra la obra redentora iniciada por Jesús en la cruz. Su misión es la de dar la vida, la vida de la gracia, de distribuir el pan de la Eucaristía, de ofrecer su vida para santificar al pueblo de Dios.

El Papa Juan Pablo II dijo en una reunión sacerdotal en Toronto: "Es para celebrar la Eucaristía que existe el sacerdote". El sacerdote es, y eso hay que repetirlo, un misterio de amor.

Un hombre enamorado de Dios y de su pueblo. Todos, al mirarlo, más o menos hacen sus cálculos, emiten sus opiniones, pero pocos son los que llegan ni siquiera a sospechar lo que encierra y supone la vida, el alma de cualquier sacerdote. Como el Hijo de Dios, que vino a este mundo y los suyos no lo reconocieron, sus ministros son también, con frecuencia para los suyos, los grandes desconocidos. No deseamos con ello justificar los defectos de los sacerdotes pues somos hombres y hombres con defectos. Ni justificar vidas indignas de sacerdotes equivocados ni negar hechos innegables, portantes, tristes y dolorosos. Hay sacerdotes indignos que buscando los placeres locos del mundo llegando a | traicionar su misma fe. Y en un empeño frustrado de borrar su misma fisonomía se derraman en amores sacrílegos, pero en nada se opone todo eso tan sangriento y doloroso para la Iglesia de Dios a la dignidad del sacer-dote católico. Todo sacerdote fue señalado por Dios y haga lo que haga esta marca jamás dejará de estar adherida a su alma. Escogido por Dios, el sacerdote es su colaborador en su obra de la salvación; tiene en su poder, en su misma mano, las armas de Dios. Cuando nuestro obispo nos consagró sacerdotes, nos ungió las manos con el óleo santo y nos entregó el cáliz con el vino y la patena con la hostia diciéndonos: "Recibe la potestad de ofrecer el sacrificio a Dios y de celebrar misas tanto por los vivos como por los difuntos". Así, el sacerdote queda constituido representante y mediador entre Dios y los hombres. Esta constituirá su suprema misión sobre la tierra. Por último, imponiéndonos las manos sobre la cabeza, nuestro obispo dijo: "Recibe el Espíritu Santo. Aquellos a quienes perdonares los pecados les serán perdonados y aquellos a quienes se los retuviereis, le serán retenidos". Así hemos sido escogidos por Dios. Hemos recibido el poder divino de atar y desatar. El mismo poder que concedió Cristo a sus apóstoles. Cada día de nuestras vidas damos gracias a Dios por el don tan grande de nuestra vocación.

Sin embargo, cada día tenemos que pedir fuerzas para cumplir con tan espantoso oficio. En el fondo del alma de cada sacerdote hay un martirio secreto. Ese martirio nos viene primero de nuestro oficio que nos aplasta por su dignidad. Uno se siente demasiado pequeño. Es como una visión grandiosa que nos encanta y nos espanta a la vez. El sacerdote vive tan cerca de Dios, tiene confianza y tiene miedo a la vez.Imagínense el peso de la Hostia Santa que levanta el sacerdote en el momento de la consagración. Es pequeña y es más pesada que todo el universo. Contiene al mismo creador del cielo y de la tierra pues no es una presencia simbólica de Jesús la que tenemos en la hostia santa, es una presencia real y verdadera. Por eso, después de la consagración decimos: "Este es el misterio de nuestra fe".

Decía San Agustín: " Dios es muy grande y podría crear mil mundos más hermosos todavía que el mundo actual, pero a pesar de toda su grandeza y de toda su majestad, Dios no pue¬de hacer nada más grande que la Santísima Eucaristía, porque la Hostia Santa es Jesús de Nazaret, resucitado, vivo y verdadero". Y nosotros lo creemos porque creemos en la palabra de Jesús: "Tomen y coman, este es mi cuerpo. Hagan esto en conmemoración mía".

Misterio de fe

Imagínense también lo que representa una absolución dada a un pobre pecador arrepentido. Alguien me comentaba un día que el Padre Karl Ráhner decía: "Hay sacerdotes que se rompen la cabeza buscando nuevos métodos de promoción humana y olvidan que la más grande que se le puede hacer a un ser humano es tomarlo del lodo del pecado y a través de una absolución colocarlo en la puerta del cielo. Se encuentra en el corazón sacerdotal el martirio de las almas. Algunos dirán que si tenemos fe por qué inquietarnos tanto. Claro que tenemos fe. Es precisamente por la fe que todo se nos hace tan grave. Es la fe que nos Inquieta tanto pues sin ella el ministerio sacerdotal sería un ministerio como los demás. Pero creemos que hay un Dios, un cielo y un infierno y sabemos que tenemos el perdón de Dios en las manos y que nuestro cuerpo tiene un alma inmortal. Por eso, cada acción nuestra, cada palabra nuestra tiene una responsabilidad muy grande. Nuestras palabras caen sobre los corazones y las inteligencias con la autoridad de una misión divina. Sentimos la responsabilidad de las vidas de nuestros fieles porque tenemos fe y sabemos que al terminar cada vida humana tenemos la muerte y el juicio de Dios. Con tal preocupación, la vida del sacerdote se hace pesada y angustiada en ciertos momentos. Tenemos a Dios en nuestras manos y todo el peso de las almas. El nos ha confiado este ministerio, dignos o indignos, no se trata de esto. Hemos sido escogidos y tenemos la Impresión de ser siempre tan insuficientes. Por otro lado, tenemos la vocación, la vida más grande, más sublime que puede alcanzar un hombre en la tierra. El sacerdote no puede ser reemplazado ni siquiera por los ángeles del cielo porque confesar y celebrar la Eucaristía es una función confiada por Cristo a los hombres que tienen las manos con-sagradas y a nadie más.

La alegría

En nuestra vida es la alegría la que domina, la que reina. Estamos alegres por haber sido escogidos para la misión más necesaria en medio del pueblo. Tenemos la alegría de predicar la verdad a tantas almas que la necesitan tanto, de enseñar la verdad que no es nuestra sino la de Cristo y que podemos enseñar con tanta autoridad pues la verdad no es un concepto Intelectual. La verdad es una persona que se llama Cristo. Dice Jesús que El es la verdad. Tenemos la alegría de dar pan al alma hambrienta, de dar paz al corazón atribulado y de pasar por el mundo como portadores de luz y distribuidores de gracia. Pero necesitamos recibir esa fuerza de lo alto que Jesús ha prometido a sus apóstoles cuando el día de la Ascensión al cielo, mientras comía con ellos les dijo que no se alejaran de Jerusalén pues dentro de pocos días serían bautizados con el Espíritu Santo. Y los apóstoles, con su mentalidad política, no entendían de qué hablaba. Ellos creían que Jesús hablaba de la restauración del reino de Israel. Entonces El les dijo que recibirían una fuerza, la del Espíritu Santo que vendría
sobre ellos y serían sus testigos en Galilea, en Jerusalén, en Samaria y hasta los confines del mundo.

La fuerza del Espíritu

Esta es la fuerza que necesitamos todos, esta es la fuerza que el Señor está renovando hoy en su Iglesia de una manera especial. Esta fuerza que se llama el bautismo en el Espíritu Santo es una gracia de Pentecostés. Todos la necesitamos. No una vez en la vida porque podemos recibirla varias veces para cumplir mejor con nuestra misión tan hermosa, pero tan grande.

Podemos pedir al Señor una inmersión en el Espíritu Santo que es el Espíritu de Jesús para que podamos hablar como Jesús, pensar como Jesús, obrar como Jesús y para que tengamos en el corazón los mismos sentimientos del corazón de Jesús. Eso es lo que vamos a pedir esta semana, que Jesús nos dé a todos una nueva efusión del Espíritu Santo, que venga a zambullirnos, a sumergirnos en su Espíritu Santo. Vamos a pedir esa gracia de Pentecostés.

Una vez yo predicaba un retiro a sacerdotes en Guatemala y me había pasado una hora tratando de explicarles lo que llamamos el bautismo en el Espíritu. Les decía que no es algo que se aprende en los libros, es una experiencia espiritual. No se puede aprender a nadar por correspondencia. Si quiero aprender, tengo que tirarme al agua. Asimismo, si quiero saber lo que es un bautismo en el Espíritu Santo, esa gracia de Pentecostés, tengo que pasar por la experiencia. Luego, salimos a tomar un receso afuera y había un niño como de cuatro años que se estaba chupando el dedo. El Padre Diego Jaramillo, que también predicaba en el retiro, le preguntó al niño: -¿a qué sabe tu dedo? Y en niño le contestó: -"pruébalo".

Luego le dije a los sacerdotes que el niño había resumido la prédica de ese día. Si ellos querían saber lo que era el bautismo en el Espíritu Santo, tenían que probarlo. Esta semana vamos a pedir al Señor una inmersión en el Espíritu Santo. Necesitamos de esa fuerza de lo alto que Jesús ha prometido a sus apóstoles (ver Hechos 1). Tenemos todo el derecho de pedirle a Jesús, no una vez en la vida sino cada vez que lo necesitemos, porque el Espíritu Santo sigue actuando en la iglesia de hoy y quiere darnos más poder y gozo en nuestro ministerio.

Nuevo Pentecostés

El Papa Juan Pablo II, en ese hermoso documento para la Jornada Mundial de la Misiones de 1998 escribió: "El Espíritu Santo no ha perdido la fuerza propulsora que tenía en la época de la Iglesia naciente. Hoy actúa como en los tiempos de Jesús y de los apóstoles. Las maravillas que hizo, relatadas en los Hechos de los Apóstoles, se repiten en nuestros días con frecuencia pero permanecen desconocidas porque en muchas partes del mundo la humanidad vive ya en culturas secularizadas que interpretan la realidad como si Dios no existiera". Y estamos viendo con nuestros ojos las maravillas de Pentecostés. Estamos viviendo un nuevo Pentecostés de amor en la iglesia, como había sido profetizado durante el último siglo a través de distintos profetas.

La beata Elena Guerra, una religiosa italiana, había recibido del Señor varios mensajes para que el Papa León XIII consagrara el mundo al Espíritu Santo. En la noche de 1899 al 1900, el Papa consagró el mundo al Espíritu Santo y dijo que este sería su siglo. Esta profecía fue recibida también por una mejicana y por una mística francesa llamada Marta Robin. Esta mística enfermó en 1929 y no le era posible comer ni tragar. Su familia pensaba que iba a morir. El sacerdote le llevaba la comunión una vez a la semana, los martes en la tarde. Marta vivió alimentándose exclusivamente de la Eucaristía durante 50 años. Yo la conocí en 1980. Estaba perfectamente lúcida y ella oraba por la Iglesia. Le dije que predicaba retiros a los sacerdotes en todas partes del mundo y le pregunté qué debería yo predicar a los sacerdotes. Ella me miró y me dijo: "Pero Padre, predíqueles el evangelio. Son tantos los que le predican sociología y sicología. Usted, predíqueles el evangelio.

Por eso quiero presentarles a Jesús, su misión de sacerdotes y cómo necesitamos de esa gracia de Pentecostés que se llama el bautismo en el Espíritu Santo para renovar nuestra vida de oración, nuestra pastoral, nuestro ministerio. Decía el Papa que las preocupaciones por los muchos problemas materiales, con frecuencia legítimas, corren el riesgo de absorber hasta tal punto que las relaciones humanas se tornan frías, y difíciles. La desesperación hace brotar frecuente-mente el impulso de invocar a aquel que es Señor y dador de vida porque el hombre no puede vivir sin sentido y sin esperanza.

Renovación de la oración


El Espíritu Santo está renovando la fe en la Iglesia. Ustedes son testigos de que algo muy grande está pasando en la Iglesia. Es una renovación de la oración. Como decía San Alfonso María de Ligorio, "el que reza se salva y el que no reza se condena". Leyendo el Nuevo Catecismo me dio mucha alegría encontrar esta cita en el último capítulo sobre la oración. Es imposible mantener una vida fervorosa, una vida fiel al evangelio y a los mandamientos del Señor sin la fuerza de la oración. Hoy vemos en el mundo una poderosa corriente de oración. El Espíritu Santo está renovando la oración en todas partes. Se oye hablar de grupos de oración, casas de oración, talleres y retiros sobre la oración. Realmente es una gracia que pasa en la humanidad.

Después del Concilio, muchas de nuestras comunidades estaban sufriendo de una sequía espiritual muy grande. Habíamos abandonado las oraciones al Santísimo, las exposiciones del Santísimo, las novenas y hasta el rosa-rio. Se habían ido secando sin darse cuenta, y el Espíritu Santo está suscitando una renovación de la oración. Cuando un árbol se está secando, no basta con echarle agua a las hojas, es necesario echarle también a las raíces. El Espíritu Santo está renovando la oración a partir de las raíces de la Iglesia que son los laicos. Son miles los grupos de oración de laicos que se reúnen cada semana a orar y este es un fenómeno que debemos contemplar. Ustedes pueden dar la vuelta al mundo, como la he dado yo, predicando en 72 países, y jamás encontrarán al hombre que diga que es el fundador de la Renovación Carismática. Ese hombre no existe en la tierra. Es el Espíritu Santo del Señor que suscitó en la Iglesia esta renovación espiritual y la inició renovando la oración.

Muchos de ustedes, que han tenido la suerte, la gracia de recibir un bautismo en el Espíritu Santo podrían dar testimonio como yo de que el bautismo en el Espíritu ha sido para nosotros una gracia de Pentecostés en la que hemos recibido poco a poco un gusto nuevo por la oración.

El Espíritu Santo nos hace gustar y saborear la Palabra de Dios en la Biblia. Nos impulsa, es un espíritu de alabanza, de adoración y hace crecer nuestra vida de oración hasta llegar a ser algo que produce alegría. La oración se convierte no en una obligación sino en una necesidad.

El Espíritu Santo da esta gracia a los que se la piden en el mundo entero. Esta semana vamos a reflexionar sobre lo que está pasando en la Iglesia porque como les decía, después de un bautismo en el Espíritu Santo, notamos que el Señor nos da un gusto nuevo por la oración y poco a poco tenemos más deseos de leer su Palabra.

Yo recibí mi bautismo en el Espíritu el 24 de septiembre de 1973 y la se-mana siguiente me di cuenta que leía los Hechos de los Apóstoles de una manera nueva.Encontraba cosas ahí que nunca había notado aunque antes las había estudiado en el Seminario Mayor. Pero me impresionaba ver las veces que se manifestaba actuando el Espíritu Santo en las comunidades primitivas. Es que el Espíritu Santo nos da como una luz nueva para leer la Palabra de Dios con más facilidad.